Apuntes sobre la experiencia trágica, Parte 2

Escrito por:

Siguiendo la línea del último artículo publicado sobre la tragedia, hay otras reflexiones que me gustaría realizar sobre el mismo tema. La tragedia narra el momento donde no podemos esquivar el destino final de toda vida humana: la muerte.

Para ello, la tragedia se estructura de tal modo que el héroe trágico se verá siempre enfrentado a un callejón sin salida, en el cual cualquier acción que tome, sería fatal. No hay escapatoria para el dolor ni para el desmembramiento del ser, tanto a nivel físico como psíquico.

La Andrómaca de Racine, por ejemplo, tiene que elegir entre casarse con Pirro, el hombre que mató a su familia, o dejar que su hijo muera a manos del mismo Pirro, quien la chantajea con ello para ganarse su amor. Romeo tiene que elegir entre vivir sin aquello que hacía que la vida tenga sentido, Julieta, o entregarse al desconocido mundo de la muerte para intentar reunirse con su amada, a la que cree muerta. Antígona debe elegir entre respetar la ley de los dioses dándole sepultura a su hermano Polinices o respetar la ley de los hombres, representada por la ley de Creonte que ha prohibido bajo pena de muerte sepultar a Polinices. Pareciera que hay opción, pero en realidad nunca la hay. Los dioses, el destino, el oráculo, el Dios judío, o cualquier otra entidad suprahumana le ha puesto al héroe trágico una trampa de la que no podrá escapar sin altas dosis de sufrimiento. 

De ese modo, la tragedia funciona como una jaula de tortura en la cual el público asiste con el único fin de ver a su héroe desmembrarse en escena. En ese sentido, el héroe trágico juega un rol muy parecido al del toro en una corrida. Es un sacrificio que se le hace al dios de la Muerte. Del mismo modo que una corrida está prácticamente diseñada para que el toro muera mientras el torero baila a su alrededor, la tragedia está compuesta para que el héroe muera mientras recita poesía. Esa fatalidad inexorable que recae sobre los hombros del héroe es “el destino trágico”. Todos los acontecimientos que el dramaturgo crea, confluyen para que el héroe se vea obligado a encontrarse cara a cara con la muerte y el sufrimiento. Este patrón trágico se manifiesta, por ejemplo, cuando el niño Edipo es salvado por un campesino “piadoso” que decide no cumplir la sentencia de muerte que el rey de Tebas, padre de Edipo, había dictado sobre él. ¡Qué coincidencia! Se manifiesta, también, cuando la carta de Julieta advirtiendo sobre su falsa muerte no llega a manos de Romeo. ¡Qué funesto hado! Se manifiesta cuando la pobre Fedra da rienda suelta a su pasión por su hijastro Hipólito creyendo muerto a su esposo, solo para que después, aquello que llamamos “La Fortuna” trajera a Teseo, su marido y padre de Hipólito, vivo y sano a las orillas de Tebas. Es como si lo divino se hubiese ensañado con el héroe y hubiese decidido de antemano torturarlo lentamente, y nunca nos quedará claro si dicho ensañamiento es un capricho o un azar. Pero de ahí se podrá entender mejor el constante insulto que hace Hamlet contra “la Diosa Fortuna”. No es más que una puta, dice Hamlet en repetidas ocasiones. Y es también el mismo Romeo quien ante Teobaldo muerto por su propia mano, exclama: “¡Soy el bufón de la Fortuna!”. Y, ¿cómo podría referirse a ella de otro modo? La relación del héroe trágico con la Fortuna es la misma que la que tiene el toro con un hipotético creador y dramaturgo de la corrida de toros. Refleja en ese sentido el desamparo absoluto que padece el ser humano frente a un Universo ya no solo silencioso e indiferente, sino verdaderamente sádico, cuyos rastros podemos encontrar no solo en los griegos, sino también en la Biblia -léase para ello el Libro de Job-.

No es de extrañar, por tanto, que en la época isabelina, a los espectáculos de Shakespeare les siguiera, como una especie de aperitivo, espectáculos donde se torturaba osos. Y es que al contemplar una tragedia, nos ponemos en la posición divina de un Zeus o una Hera que contemplan las guerras troyanas con un desapego no poco inquietante. Con esto no quiero decir que quien ve la tragedia lo hace por un oculto placer sadomasoquista, pero hago hincapié en el fenómeno extrañísimo del goce estético que produce ver historias semejantes y de su curioso efecto liberador y catártico que todos hemos experimentado al ver una buena tragedia. Kierkegaard expresa muy bien ese misterio cuando dice en Diapstalma: 

¿Qué es un poeta? Una persona desdichada que oculta hondos sufrimientos en su corazón, pero cuyos labios son de tal naturaleza que si de ellos brotan sollozos y alaridos, suenan como una bella música. Le sucede como al desdichado que era torturado lentamente, a fuego lento en el toro de Falaris, y cuyos alaridos no llegaban hasta los oídos del tirano para horrorizarle, pues a éste le sonaban a dulce música. Y las personas se apiñan en torno al poeta y le dicen: vuelve a cantar, es decir, deja que los sufrimientos atormenten tu alma y que tus labios conserven su anterior forma; pues el alarido no haría sino angustiarnos, pero la música es deliciosa. 

Esta extraña música llamada tragedia, esta espantosa sinfonía que contemplamos cuando vemos la historia de Macbeth, o la de Hamlet, o la de Julieta, o la de Cleopatra, o la de Edipo, o también, por qué no, la de Cristo,  brota siempre de personajes de algún modo aguijoneados por un dolor metafísico inextinguible, por una sed de Absoluto y de final que no puede ser pagado sino con la vida misma del héroe. De ahí su salvación. La entrega del héroe trágico a la tragedia de su vida es lo sublime. Y para el espectador, la posibilidad de contemplar desde la comodidad de su butaca un rito donde un ser humano ficticio atraviesa el más espantoso de los sufrimientos mientras comparte contigo su vivencia y aquella sabiduría que solo proviene de aquel severo maestro llamado Dolor; es un aprendizaje sin parangón y la razón por la cual la tragedia ocupa un pedestal tan alto en nuestra cultura.

Finalmente, cierro el texto con un breve pero no por ello menos importante consejo para aquel estudiante que desee sumergirse en las tormentosas mareas de la tragedia: si a escena no se entra para abrir las entrañas del espíritu, si uno no se acerca al héroe trágico con la total disposición a que la terrible sabiduría que posee cale hasta lo más hondo de los huesos, no hay la más remota chance de alcanzar el triunfo artístico y la excelsa entrada a un estado de conciencia que solo el arte trágico puede ofrecer. No alberguemos la menor duda sobre este aspecto.