Apuntes sobre la experiencia trágica, Parte I

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Quien ha tenido el privilegio, el tiempo, la paciencia y la fortuna de familiarizarse siquiera un poco con el mundo trágico y la larga estela de obras maestras que lo componen, habrá sin duda empezado a albergar dentro de sí profundas emociones y espinosos cuestionamientos surgidos del contacto con este tipo de historias.

Dichas vivencias, tarde o temprano empiezan a exigirnos algún tipo de articulación, de traducción en palabras de qué es aquello que sentimos al contemplar una tragedia. No solo ello, sino comprender por qué podría ser relevante, útil, sano, trascendente y quizás indispensable para el ciudadano común tener una experiencia de lo trágico. En aras de hacer un modesto aporte a ese diálogo silencioso que ocurre entre los amantes de la tragedia, este texto tiene como propósito profundizar en el análisis de lo trágico, a modo de  tributo a ese estado mental en el que nos coloca la tragedia, que como todo estado dionisiaco del ánimo, revela para nosotros, sutilmente, el fundamento último del mundo.

Lo primero que hay que tener claro es que en una tragedia, el individuo se enfrenta siempre a fuerzas ineludibles, contra las cuales luchará siempre en vano. En el caso de la tragedia griega, dicha fuerza suele ser comprendida como un destino impuesto por divinidad, mientras que en el caso de la tragedia isabelina, con Shakespeare a la cabeza, la perspectiva cambia y son las propias características de la personalidad del héroe lo que conduce a este a un desenlace fatal.

Sin embargo, lo que se mantiene siempre y lo que otorga a una obra la cualidad de tragedia es la presencia de un sufrimiento insondable, un  desgarramiento espiritual que el héroe padece no necesariamente porque lo merezca, sino como una especie de condición que la existencia le impone por el mero hecho de haber cobrado conciencia de sí mismo.

Así, el personaje trágico está siempre en un estado de tensión absoluta, su angustia es siempre máxima y el presentimiento de la muerte repotencia todo el sistema de los afectos; las virtudes y los vicios brotan en todo su esplendor, hay un desborde de energía psíquica equivalente al de una represa de agua que durante mucho tiempo ha estado contenida, y que de pronto, por una plaga en la Tebas de Edipo, o porque el rey Hamlet de Dinamarca es asesinado por su hermano, o porque un joven Romeo Montesco se enamora hasta el delirio de una doncella pertenciente a los Capuleto, familia enemiga; estalla como una estrella que colisiona con una agujero negro: un evento cósmico. Esa es la vivencia que se pone de manifiesto en la tragedia:  un personaje sintiéndose Protagonista Universal de un espectáculo donde todo está cuidadosamente diseñado para que un espectador ajeno se cebe en su sufrimiento. Todos los acontecimientos de la tragedia confluyen para que el héroe atraviese un proceso de muerte, mientras nosotros contemplamos desde nuestras butacas como dicho héroe se desmiembra y aúlla de dolor, como cuando Zeus y Hera contemplaban desde su trono olímpico las guerras troyanas.

Hay pues en todo ejercicio de contemplación artística un acto divino, pero la contemplación de lo trágico es sin duda alguna lo más angustiante, y sin embargo, lo más catártico. Porque en el instante en el que aceptamos la tragedia del héroe como fuente inagotable de belleza, redimimos el sufrimiento del héroe y se vuelve soportable porque a pesar de ser sufrimiento y desgarramiento humano, es hermoso.

De otro modo, no tendríamos otra opción que salir de una representación de Edipo Rey siguiendo su ejemplo, es decir, clavándonos dos objetos punzocortantes en los glóbulos oculares para luego mendigar en el exilio. No por nada Nietzsche nos recuerda que lo que la tragedia nos susurra al oído es lo mismo que, según el mito griego, le dice el sileno, un sátiro seguidor del dios Dionisio, entre risas al rey Midas: lo mejor para el hombre es no haber nacido, o en todo caso, morir pronto. Esta terrible sabiduría, que conoce que en el fondo, no hay fondo, y que no existe un sentido metafísico ni una finalidad transmundana para el ser humano, es expuesta en la tragedia de un modo lo suficientemente atractivo como para que podamos procesarla, sufrirla, aceptarla, y en efecto, salir verdaderamente redimidos de dicho trance.

Cultivemos, pues, la sabiduría trágica. Tratemos de penetrar en los terribles orígenes de la verdad que ella nos quiere revelar. Al fin y al cabo, se vive mejor una vez se ha enfrentado cara a cara el horror de la existencia, más aún si se tiene la inestimable suerte de no tener que vivir en carne propia dichos horrores, sino a través del inestimable rito de la convención teatral.