La particularización de la palabra

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Quisiera dedicar en este breve texto toda mi atención a uno de los conceptos más fundamentales del arte actoral. Ya el hecho de que le demos esa importancia habla del enfoque artístico que ofrecemos en el TAFFEL y en La Vaca Multicolor. Y es que concebimos la palabra y su diestro manejo como el elemento clave con el que se puede y se debe cultivar una artesanía teatral que por sí sola ofrezca al espectador un nivel de virtuosismo y perfeccionismo que a nuestro gusto debe ser restituido para el arte en general, pues en el arte el ser humano celebra sus dotes creativos y su alta sensibilidad para la fantasía y la belleza, y una buena técnica permite acercarnos a ese horizonte.

¿Cómo puede ser entonces la particularización de la palabra la llave secreta para establecer un nuevo diálogo con el teatro? Recordemos primero el poder intrínseco de la palabra. No está de más, siguiendo esa idea, recordar el inicio del Génesis: Dijo Dios, hágase la luz, y fue la luz. Atención al «dijo». El decir, para lo cual se necesita la palabra, es creador de realidades. En el instante en el que se comprende el poder verdaderamente mágico y transfigurador de la palabra, se intuirá mejor por qué un actor debe saber usarla a la perfección. Uno puede evocar un mundo nuevo a través del lenguaje. Nadie niega que hay otros elementos escénicos igual de importantes, pero la palabra tendrá siempre un lugar especial porque ella sola puede conducir al público a una visión exacta de la fantasía del artista, lo cual se demuestra con el éxito de las antiguas radionovelas, que solo se oían y aún así conmovían y fascinaban.

Un actor estudioso, dedicado y habilidoso sabrá utilizar cada consonante y cada vocal para depositar en ella toda la fuerza de su imaginación. Sabrá pintar el escenario con los más diversos paisajes emocionales y anímicos haciendo que cada letra que escape de su boca porte dentro de sí un sentido y un significado contundente que se debe ir encadenando a toda la red de significantes de la obra y el montaje. 

Por ello, nunca debe dejar de maravillarnos el inestimable potencial de una palabra dicha con precisión, ritmo, inflexión y fuerza correctas. Además, con la palabra se dosifica la energía. Es la última manija que resguarda la entrada de la energía al escenario, energía producida por el cuerpo y su reacción ante las circunstancias dadas de la historia. Del mismo modo que el diafragma controla el aire en el canto, la palabra puede controla la energía y conduce la acción del personaje. Además, del mismo modo que para cantar uno se apoya en el diafragma, yo he encontrado que también uno puede «apoyarse» en las palabras, sobre todo en las consonantes, de modo que ahí se descargue y se comprima toda la fuerza de la acción que queremos realizar. 

Otro consejo útil es elegir palabras clave. Por ejemplo, si mi personajes es Ricardo III y mi texto es: «no muestres más desprecio en tus labios, señora, que han sido hechos para el beso, y no para el desdén»; yo eligiría las palabras «muestres», «desprecio», «labios, «hechos», «beso» y «desdén». Sobre ellas aplicaría la mayor atención, dándoles diferentes colores y matices de modo que aclaren el sentido de la acción y ofrezcan la mayor diversidad de formas sonoras posibles. El equilibrio está en no opacar el sentido del texto, en no tapar el significado, sino en particularizar de un modo que esté a la altura estética de la poesía de Shakespeare, en este caso.

Por tanto, toda nuestra atención a cómo decimos cada texto. Ahí está nuestra mina de diamantes con las que podamos embellecer nuestro trabajo y deslumbrar los oídos del espectador. Al fin y al cabo, nuestro deber es transportar al público a un mundo nuevo, donde todo resplandece con una intensidad extra-cotidiana, adaptando así el concepto que acuñó Eugenio Barba.