Las voces de la mente

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Para actuar se necesita saber oír las voces de la mente. De ahí la importancia de la meditación o en todo caso del acercamiento ritual a la construcción del personaje. Uno debe saber observar el mecanismo del pensamiento, observar como dentro de uno la voz del yo se expresa, y como en muchas ocasiones se expresa de manera múltiple. 

Paralelamente, uno debe obsesionarse con el personaje. Uno debe verlo dentro de la propia mente, a fuerza de martillazos de energía mental, o de ejercicios de fantasía aplicada. Si no hay esa actitud, el genio del corazón no va a despertarse, y si eso no pasa, no hay agua con la que mover el molino de la acción. La acción es la voz del personaje hecha deseo y hecha pensamiento. Por tanto, parte del secreto consiste en saber qué deseo yo en tanto artista. El autoconocimiento del propio deseo es el prerrequisito para dar vida a un deseo ajeno y ficticio como lo es el del personaje. 

Del reconocimiento del deseo propio, nace la voz propia, y una vez ha nacido, solo se debe dejarla hablar velada por la máscara del personaje. 

Ahora, para que nazca esa voz, debo haber estudiado mis voces mentales, y nunca dejemos de reflexionar sobre lo que esto significa. Significa mirarse hablar desde dentro de la mente. Contemplarse hablar. Ver el proceso a través del cual eso que creo ser se expresa. Y voy reconociendo que mi identidad está hecha de palabras. Que mi mundo está hecho de palabras. Que “mi madre” es no otra cosa que palabras. Que “mi tierra” es apenas ocho letras con una separación después de la segunda. Veo que sin palabras no hay vida, no hay yo, no hay tú. Hay un campo abierto de silencio sepulcral que quiere desaparecer en su propio vacío. Y entonces uno observa que el silencio es, en efecto, la muerte, y no lo tolera más y habla. Y escribe. Pero sobre todo se habla. Y cuando se habla, si es que se habla desde esa oculta raíz del grito, uno YA SE HA CONVERTIDO EN ARTISTA, pues uno ha rozado los dedos de la divinidad. 

Hay más: la teatralización de lo teatral. Se debe en teatro usar el teatro. Hacer realismo es absurdo. A menos, solo a menos, que se haga realismo trágico. Sino, el cine. Para hacer cosas naturalistas, el cine. En teatro, tragedia. O farsa absoluta. Pues a qué uno subiría al escenario para “imitar” la realidad. ¡Prefiero salir a la calle y verla tal como es! ¿Acaso imitaba Shakespeare el modo de hablar de sus contemporáneos? O más bien lo embellecía y lo llevaba a las más altas cumbres de expresividad a la que puede llegar una lengua. El arte sirve únicamente para que el ser humano despliegue todo el potencial intrínseco de su conciencia en alguna disciplina específica. Una obra de arte TIENE que ser un objeto mágico, un catalizador de energías, un jarrón de emociones que al abrirlo despliega los aromas de cada emoción humana. Es un artefacto cuidadosamente diseñado, pensado y ejecutado, el cual porta dentro de sí la vida misma del artista. Cuando uno crea una obra de arte, está momificando su vida, es decir, su sufrimiento, para que este quede eternizado por los siglos de los siglos, amén.

El que tenga oídos, que oiga.