Pensando a Éxodo, Parte 3

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Para terminar este breve estudio sobre la estética teatral de Éxodo, quisiera dejar algunas reflexiones sobre qué nuevas opciones ofrece para el actor este tipo de propuestas.

En primer lugar, al romper con el realismo y al abrir el drama del modo previamente expuesto, el actor debe encontrarle nuevos sentidos y nuevas justificaciones al devenir de los textos, que no solo responden a las circunstancias dadas del texto sino a toda la composición escénica y a todo el universo que crea Jean Pierre en cada montaje. 

Quisiera para ello compartir la experiencia que viví como actor en Salomé, la obra donde para mí Éxodo lleva su estilo a su máximo esplendor. Dicho montaje resultó ser particularmente retador por el hecho de que mi personaje, Yokanaan, tenía que reaccionar a elementos que en la obra de Wilde no existían.

Para empezar, como mencioné en el texto previo sobre Éxodo, mi personaje descendía en una silla del techo con los ojos vendados, pero en la obra original está en una cueva, y los personajes en el montaje seguían diciendo que mi personaje estaba en un pozo, a pesar de que me veían bajar en una silla “del cielo”. Reaccionaban, sin embargo, al descenso, pero no de manera realista, pues para ello habría que reaccionar a un prodigio de la naturaleza, sino como se reacciona en un sueño a un evento inexplicable: aceptándolo sin cuestionar su realidad e incluyendo el elemento en nuestro mundo interno emocional y psíquico como algo “verdadero”.

Yo descendía colgado del techo, como mencioné en el segundo artículo, sentado en una silla y con los ojos tapados. En la obra original de Wilde, las circunstancias dadas es que Yokanaan está en una especie de cueva o pozo que sirve de carcel para él. Pero la propuesta de Jean Pierre era que yo aterrizara en la silla, con los ojos vendados, en una cena aristocrática con reminiscencias modernas y que me lanzara sobre los platos y olfateara todo casi como un animal. Luego, cuando Salomé me hablaba, yo debía actuar como si no la viera ni la sintiera cerca, a pesar de que la oía y la sentía literalmente a un costado. A esto me refiero cuando menciono que las puestas de Éxodo, en muchos casos, no están en muchos casos en función del drama original, sino en función de una dramaturgia de imágenes que Jean Pierre diseña por encima del texto. Y esto para los actores es un inmenso reto porque se debe justificar internamente algo que en algunos casos funciona más  como un símbolo que como un “personaje humano”. Esa diferencia, clave, es la puerta de entrada a un estilo de actuación que deja en suspenso el psicologismo con el que se aborda generalmente la construcción del personaje. Se construye ahora no con un análisis psicológico del personaje, sino reaccionando plásticamente a las disposiciones simbólicas que Jean Pierre diseña con todas sus intervenciones dramatúrgicas y montajistas.

Además, la exigencia en el virtuosismo de la palabra, permite un tratamiento del texto hiperornamentado, sobrematizado, particularizado hasta la obsesión. Lo barroco del montaje mismo demanda  en el estilo actoral un acercamiento igualmente barroco. Esto no solo libera el texto, sino el gesto, el manejo de la energía, el uso de las fuerzas expresivas. Al no estar atado a una representación realista de lo que ocurre, aparece una libertad ilimitada y constantemente estimulada por todas las imágenes poéticas que Jean Pierre y Lorenzo diseñan. Yo personalmente he encontrado nuevos modos de trabajar que no habrían sido posibles en otras propuestas, y presiento que estos mecanismos actorales están aún en proceso de dar nuevos e inesperados frutos.

Esto nos recuerda que si bien el teatro realista ofrece experiencias maravillosas, no explora ni de cerca el potencial expresivo del teatro. Un drama realista y una puesta realista tienen solo la chance de contar una buena historia. La huida del realismo permite no solo contar historias profundas, sino utilizar mecanismos comunicativos y lenguajes teatrales que sirvan no ya solo al drama de la historia sino a la construcción de un universo nuevo en el escenario, la construcción de un portal a través del cual el espectador pueda ver otra realidad.  

Sin más, espero que estas reflexiones ofrezcan nuevas perspectivas desde las cuales leer el trabajo de Éxodo y, al mismo tiempo, repensar de qué modos se puede revitalizar e innovar la estética del teatro peruano.