Repensando el quehacer teatral

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I

Con miras a devolverle al teatro su lugar, consideramos pertinente replantear los objetivos que tenemos como teatristas a la hora de realizar una obra o de comenzar un proyecto, tanto si estamos en la posición de actor, director o dramaturgo.

Una de las preguntas clave que necesitamos resolver para ello es qué ofrece el teatro que no ofrece el cine o la televisión, y, de algún modo, renunciar a toda manifestación teatral que ponga en escena algo que bien la televisión o bien el cine podrían hacer igual o mejor. Esta reflexión no es nueva ni mucho menos, ya se la han planteado diferentes pensadores. El esfuerzo, por tanto, consiste en actualizar la reflexión y encontrar de qué modo extraerle al teatro aquello que solo se le puede extraer al teatro y no al medio audiovisual. Una vez extraída esa esencia teatral, trabajar con ella y solo para ella.

En nuestro peregrinaje hemos encontrado que la herramienta clave para divorciarnos radicalmente de todo naturalismo cotidiano es el concepto de la particularización de la palabra. Concebimos, pues, la palabra de un modo parecido a como los primeros pintores impresionistas concebían el color: como una herramienta con la que se podría ir más allá de lo figurativo y encontrar una expresión más radical de aquello que constituye la imagen: la luz. En nuestro caso, la palabra debe servir como pincel con el cual poner de relieve el drama, concebido aquí como un arquetipo universal del origen de la vida. El drama siempre es antagonismo de fuerzas, combate de voluntades que refleja la lucha primordial entre la vida y la muerte. La palabra debe estar al servicio de ese arquetipo, y no al servicio de imitar la realidad tal como aparece en el día a día. No porque eso esté «mal», sino porque ya se ha hecho a lo largo de todo el siglo XX, y particularmente en Lima no vemos otra cosa que teatro realista.

II

El problema con el realismo en el teatro es que limita el potencial artístico del teatro a la imitación de la realidad, y como ya hemos sugerido, eso lo hace ya la televisión o el cine.

Nosotros buscamos un teatro que explore el drama desde una estética declaradamente barroca, donde la ornamentación a la hora de particularizar la palabra es de primera necesidad. Pero esa ornamentación, que se manifestará siempre en una sobreutilización del matiz, debe estar siempre en función de exprimir el núcleo del drama hasta su gota más recóndita. Se ornamenta, por tanto, por necesidad, pues se planea llevar el drama del personaje más allá de lo que incluso pudo haber imaginado el autor. Y detrás de eso está una búsqueda espiritual de conducir al actor a una verdadera hiper utilización de todas sus fuerzas expresivas. Ni un solo segundo en escena debe ser desperdiciado, ni una sola mirada debe ser en vano, ni un solo movimiento de los dedos puede no estar al servicio de un fin superior. Dicho fin superior es el desmembramiento dionisiaco del personaje. A escena se entra a morir, y a morir lentamente, agónicamente, tortuosamente. Todo debe doler en el escenario.

Así, con la particularización de la palabra, al menos como la entendemos nosotros, se expresa y se manifiesta dicho desmembramiento. Aparece en la superficie del escenario, en su apariencia inmediata, en el cuerpo poético del lenguaje, el cual debe ser mascado por el actor, triturado, desmenuzado, perforado, abierto, profundizado, electrizado, aplastado y luego reconfigurado con una dicción absolutamente perfecta, sublime, dórica; una dicción monumental, que produzca en el espectador la sensación de estar contemplando una escultura aérea, una catedral de palabras obsesivamente pronunciadas, exprimidas e hiper ornamentadas por el artista. Este método ofrece al actor un arma potentísima para alejarse de todo diletantismo artístico, de toda mediocridad creativa. Solo se puede triunfar en dicha técnica si el artista ha alcanzado un nivel de virtuosismo monstruoso, un auténtico dominio de todas sus fuerzas expresivas, una verdadera maestría en el manejo de su energía y, una vez más, de su capacidad para particularizar cada letra de su parlamento.

Cabe resaltar que lejos estamos de proponer algo semejante para satisfacer la vanidad de los actores. El fin es restituir al arte en general su derecho a la excelencia, es decir, su deber de celebrar el potencial infinito que tiene el cuerpo humano. En ese sentido, el arte se asemeja al deporte. Nos permite regocijarnos contemplando como seres humanos dedican su energía vital para llevar una disciplina cualquiera a su máxima perfección.