Sobre la disciplina del artista

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Entender la vivencia de Edipo no se logra leyendo Edipo Rey una sola vez. Tampoco dos. Quizás, ni siquiera tres. Ni siquiera se logra leyendo Edipo en Colono, Antígona, o la Antígona de Anouilh. Quien crea que la sabiduría que hay detrás de Sófocles, o de Shakespeare, o de Racine, se puede beber de un solo trago, claramente no ha comprendido absolutamente nada de lo que late en dichas obras. 

Para poder disfrutarlas de verdad, uno tiene que amarlas, convivir con dichas obras durante largos años. Volver a ellas como se vuelve a un viejo y sabio amigo cuya amistad no se ha debilitado por el tiempo, sino que por el contrario se ha enriquecido en una misteriosa sinergia. Así, y solo así, es que poco a poco se van abriendo obras semejantes, van mostrando sus auténticos pétalos, que no serán vistos por quien no se detenga respetuosamente ante tales monumentos de la humanidad. De ahí se sigue que el estudio incansable que se debe hacer sobre los textos clásicos consista en poco a poco ir descubriendo los sempiternos diamantes que se ocultan bajo símbolos y lenguajes que a nuestros oídos contemporáneos resultan a veces indescifrables, y quizás, por tanto, aburridos. Pues sí. Los textos clásicos, al inicio, pueden aburrir. No podría ser de otro modo. Nos hablan de tiempos remotos y de cosas que no conocemos. O en todo caso, que no recordamos conocer. Y obliga, a quien lo desea, a redoblar la atención para captar en esos nuevos lenguajes aquellos retazos de eternidad que cada gran artista logró captar en su arte.

Por ello, sospechemos de nosotros mismos cuando creamos estar entendiendo lo que dicen los personajes, pues lo más probable es que en realidad uno no haya entendido absolutamente nada. Por ejemplo, comprender el terrible acertijo que está detrás de la existencia de un Edipo es algo que toma años, quizás décadas.  Asesino de su padre y esposo de su madre. ¿Qué oculta esta espantosa aberración de la que Edipo ni siquiera fue culpable? ¿Qué quiere decirnos Sófocles en tanto teólogo con esto? Todas estas cuestiones tardan en madurar en el espíritu, y solo llegan a quien sabe esperar. Y en ese sentido, este texto no tiene como finalidad explicar por qué Sófocles es maravilloso, o por qué Shakespeare representa lo que representa para la cultura humana. Solo apuntan a estimular la paciencia de aquel que hastiado de una cultura que solo ofrece, por lo general, basura, vire los ojos hacia aquellos triunfos artísticos que revelarán al espíritu estudioso y sensible los secretos más sublimes de la existencia. Pero para ello, se necesita disciplina: es decir, dejar de perder el tiempo con estupideces y redirigir toda nuestra atención a esos grandes textos donde se oculta la sabiduría. 

Por tanto, se debe generar una disciplina en el mirar. Del mismo modo como se va al gimnasio incluso a pesar de que cuesta horrores, también se deben leer los clásicos con el mismo ímpetu. En este caso, los frutos se verán no en un cuerpo atlético, cosa también muy deseable, sino en un espíritu verdaderamente más hondo, más profundo, más en contacto con la verdad y por ende más en paz y más en comunión con la realidad.